El arzobispo anglicano sudafricano Desmond Tutu, un símbolo de la lucha contra el apartheid en Sudáfrica, galardonado con el Premio Nobel de la Paz, murió este domingo a los 90 años, desatando una ola de tributos para homenajear a uno de los últimos íconos de esta generación.

“El fallecimiento del arzobispo emérito Desmond Tutu es otro capítulo de duelo para nuestra nación que despide a una generación de sudafricanos excepcionales que nos legaron un país liberado”, afirmó el presidente Cyril Ramaphosa en un comunicado al anunciar su pacífico fallecimiento en un geriátrico de Ciudad del Cabo.

Durante las décadas de 1980 y 1990, con su sotana púrpura, Tutu fue un símbolo inspirador de coraje, dignidad y esperanza en una nación que parecía condenada a la guerra civil, en estado de sitio para contener las protestas de la mayoría negra y mientras Nelson Mandela languidecía en prisión.

Sus fervientes súplicas por la paz y la justicia racial, junto con su incontenible sentido del humor, fueron un bálsamo constante para un país al borde de la catástrofe.

Desmond Tutu adquirió su notoriedad en las horas más oscuras del apartheid cuando, como líder religioso, encabezó marchas pacíficas contra la segregación y para abogar por sanciones contra el régimen de supremacía blanca de Pretoria

Mezclando política con religión, Tutu lloró en los funerales de las víctimas del apartheid, arriesgó su vida para detener actos de violencia de manifestantes negros y desafió las amenazas de muerte de extremistas blancos por liderar la campaña internacional para imponer sanciones económicas y culturales contra el régimen de la minoría blanca.

También vibró de alegría cuando los sudafricanos hicieron cola pacíficamente para votar en las primeras elecciones para todas las razas, en abril de 1994.

Sonrió cuando levantó la mano de Nelson Mandela, el líder del partido Congreso Nacional Africano (ANC) encarcelado durante mucho tiempo, al que presentó como “nuestro nuevo presidente, listo para usar” ante multitudes en Ciudad del Cabo el mes siguiente.

Luego se convirtió en un guardián moral de lo que con orgullo llamó el “la Nación arcoíris de Dios”, su célebre frase para referirse a Sudáfrica. Y no tuvo pelos en la lengua para criticar al ANC -y al mismísimo Mandela- luego de tomar el poder, así como antes había condenado el apartheid.

“Un hombre de extraordinaria inteligencia, integridad e invencibilidad contra las fuerzas del apartheid, también era tierno y vulnerable en su compasión por aquellos que habían sufrido la opresión, la injusticia y la violencia bajo el apartheid, y por los oprimidos y los opresores de todo el mundo”, recordó Ramaphosa.