Al mando de su taxi, Eduardo Enrique Basaed atraviesa el centro de la ciudad en esta mañana lluviosa de martes que atenta contra las ropas colgadas en las sogas. En la espera de los semáforos, en los minutos de soledad, cuando no hay pasajeros ni charla a bordo del Chevrolet Corsa, el conductor piensa nuevos artilugios; inventos que le facilitarán la existencia a la humanidad y que quizás lo acerquen al sueño de la casa propia. Espera un golpe de suerte, el alineamiento favorable de los astros, una oportunidad. No es una quimera imposible. Tampoco una utopía descabellada. Eduardo no es un improvisado, en la guantera descansa la carpeta de presentación de la creación que patentó a fines del año pasado y que espera empezar a producir en serie en la provincia. Se trata, acaso, del artículo que pondrá fin al terror a ir de cuerpo (como dicen los más pudorosos) en baño ajeno.
Eduardo tiene 55 años y es padre de ocho hijos. Ese hombre bajito, de tez morena, pelo y barba entrecanos, empezó a manejar el taxi en 2016 después de trabajar durante años para una compañía telefónica. “Viajaba mucho y ya no me bancaba el desarraigo”, confiesa el taxista nacido y criado en Juan Bautista Alberdi. En el fondo de su espíritu, y aunque se haya desempeñado en distintos oficios terrestres a lo largo de su vida, siempre quiso ser un inventor. Y lo es. Eduardo es un auténtico Einstein al volante.
A los 16 años desarrolló su primer invento mientras veía el esfuerzo que realizaban los fumigadores de los tabacales. Ahí en Alberdi, en la zona de La Cañada, su amigo Fredy administraba un campo y, cada vez que tenía que rociar de insecticida la plantación, debía hacerlo de un surco a la vez. Con una caña de pescar y una de esas mangueras transparentes que se usan en las motos, armó un artilugio que se coloca arriba de la mochila de fumigación y permite rociar tres surcos al mismo tiempo. Varios años después, mientras viajaba en colectivo y veía por la ventanilla la extensión de los campos en el horizonte, descubrió que todos los fumigadores usaban su invento. Eso lo llenó de orgullo.
“Para ser inventor hay que tener mucha curiosidad y fijarse todo el tiempo cómo funcionan las cosas para poder mejorarlas. La idea siempre es simplificar las tareas que, muchas veces, se nos complican. No cualquiera tiene esa chispa necesaria para pensar en eso”, reflexiona Eduardo, quien admite su idolatría por el físico alemán Albert Einstein: “Era un capo realmente”.
El ahora taxista es técnico electromecánico y trabajó a fines de la década de los ochenta en la planta donde se fabricaban los jugos Ades en Tucumán. Allí conoció a un ingeniero mecánico que lo cobijó como discípulo y le enseñó mucho. Trabajando en esa fábrica, se puso a “culiyar” en una de las maquinarias y logró modificar el sistema de limpieza que, gracias a su intervención, pasó de demorar una hora y 45 minutos a realizar todo el proceso en apenas 40 minutos.
El tránsito está pesado en el centro de la ciudad y el día demasiado gris, pasado por agua. Eduardo se estira desde detrás del volante del Corsa hasta la guantera y saca una carpeta, en esas páginas está el secreto del invento que logró patentar a fines de 2018 en el Instituto Nacional de la Propiedad Industrial (INPI). Se trata del Protector Higiénico Descartable para Inodoros, la última invención en materia de higiene. “Es práctico, lindo, novedoso y preventivo”, describe el taxista y acto seguido aclara: también hay un vídeo promocional.

¿Quién no ha sentido la aprensión de enfrentarse a la tabla de un inodoro ajeno? ¿Quién no ha temido no sólo el estremecimiento súbito que suscita el contacto de la piel con la tabla gélida, sino también la exposición a los gérmenes que ahí habitan? ¿Quién no ha perdido su tiempo empapelando con papel higiénico la circunferencia de la tabla desconocida? ¿Quién no ha apelado a posiciones acrobáticas con tal de no apoyar las nalgas desguarnecidas en la superficie contaminada del baño de un bar? Pare de sufrir. De la mano y el ingenio de Eduardo Enrique Basaed llegó la solución tan esperada. Apto para la cartera de la dama y el morral del caballero. Entérese de qué se trata.
Según explica Eduardo, se trata de un dispositivo descartable que se coloca y se ajusta a la tabla del inodoro y evita así el contacto directo de la piel con la superficie. “Es increíble la cantidad de enfermedades que uno se puede contagiar a través del inodoro. Hay gente que no levanta la tabla y queda llena de gérmenes, microbios y bacterias que no se mueren así nomás. Además, hay mucha gente que por el sólo hecho de no ser su baño, no se sienta”, explica el taxista.
La idea surgió en 2015 después de que sus cinco hijas insistieran en el “flagelo de los baños públicos” y le comentaron la incomodidad de tener que enfrentarse habitualmente a los inodoros ajenos. Entonces a Eduardo se le prendió la lamparita y se puso a experimentar. No podía utilizar papel poroso, como ese que se usa en el papel higiénico, porque es permeable a las bacterias y se humedece. Probó con un material sintético muy similar al del papel film, ese con el que se envuelven los alimentos. Si bien servía como barrera para los microbios, el problema era que, en contacto con el calor corporal, el papel terminaba adherido a la piel. No se desalentó y siguió probando hasta que dio con el talco bacteriológico. Con ese producto reforzaba las medidas desinfectantes y a la vez evitaba que el producto termine pegado al cuerpo de los usuarios: “Cuando estás pensando llega un momento en que se te ilumina todo y das con la clave de eso que estás buscando”. Y así fue.
Sin embargo, una vez perfeccionado y patentado el invento, todavía no ha conseguido industrializarlo. El taxista inventor ya ha recibido ofertas por la patente del novedoso artículo, pero él prefiere producirlo desde Tucumán para todo el mundo. Calcula que necesita un millón de pesos para poder producirlo en serie y lanzarlo al mercado. Por eso necesita de un subsidio para poder avanzar y advierte: “No quiero que me regalen la plata, sino que me den un préstamo. Esto va a generar trabajo genuino”.
Eduardo ha golpeado muchas puertas sin éxito hasta el momento. Incluso ha llegado a tener una entrevista con la candidata a gobernadora Silvia Elías de Pérez, a quien conoce personalmente porque ambos cursaron la primaria en Alberdi, en la escuela Escuela Normal Superior Florentino Ameghino. Pero tras una primera promesa en que lo ayudaría a llevar adelante su emprendimiento, la iniciativa inicial se enfrío y a las palabras se las llevó el viento. Pero Eduardo no se desanima.
Detrás del volante de su Corsa, Eduardo anhela triunfar como inventor: “Mi deseo es pegarla con algún invento y comprar mi casa así puedo darle comodidad a mi familia. Quiero que mis hijos estén orgullosos de mí”. Sueña Eduardo despierto con la mirada puesta en el parabrisas todo mojado. “No es un delirio, esto es algo verdadero”,  dice con convicción férrea mientras me adelanta otro de los inventos que tiene en mente, pero que no podemos revelar en público para que ningún oportunista o advenedizo de turno se lo copie: “Eso va a ser un bombazo, es para llenarse de guita chango”. Eduardo cree y yo le creo. Por eso le guardo el secreto.