Llegó un día, precisamente, llegó la noche de un martes con una helada “pampa” en Argentina y con un calor insoportable en Estados Unidos. Llegó ese gol que quebró un récord que parecía inigualable y que pertenecía al reconquistense Gabriel Omar Batistuta, 54 con la Selección Nacional. Messi no hizo un gol, la clavó en el ángulo y en la historia. Un zurdazo, y la mandó a guardar donde el arquero nunca llega y donde no sabemos si aglún día otro mortal llegará.

Ese es Messi. Con su aparente falta de carácter va destruyendo cualquier récord que se quiera medir. Demuestra que no hace falta gritar, ni hacerse el machote para ser respetado. El respeto pasa por otro lado, pasa por el juego, la camaradería, la solidaridad. Cuesta entender, lleva tiempo, pero al final todo va decantando y terminamos comprendiendo a ese gigante con menos soberbia que una pulga.

Ese es Messi. Levanta la cabeza y si está muy asediado por las marcas coloca un pase que más que pase es medio gol para que se complemente con el enorme talento de sus compañeros. Si ve la posibilidad se arriesga a llevar la pelota hasta el arco, no importa cuántos quieran detenerlo ni qué tan grandes son, él va. La Argentina grita y canta: Olé, olé, olé, olé Messi… Messi.  Ahí, el mejor jugador del mundo actual se convierte en música. En la voz de la hinchada y en el festejo domiciliario.

Dicen que el que toca nunca baila pero este jugador, toca y baila a la vez. Porque su juego es música para el mundo del fútbol y cada vez que convierte sus fans le piden… otra! otra!

Messi es música, como el 55, el gol que lo convirtió en el máximo goleador de la Selección Argentina.

 

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