Evangelina Soto tiene 48 años, diez hijos y una imagen que no se puede sacar de la cabeza. En el patio de su modesta vivienda, en la localidad santafesina de Pérez, vio a dos chiquitos de 7 y 8 años recorrer el lugar para robar algunas cosas. Cuando la mujer salió para reclamarles advirtió que uno tenía un arma en la mano. Primero se asustó. Después intentó hablar con ellos. Finalmente comprobó que el revólver sólo era una réplica.

“Hoy entraron con un arma de juguete. Mañana o pasado entran con un revólver y te matan a toda la familia. A mí me da pena. No sé quién será la mamá. Pero tenerlos así, a las seis de la mañana”, dice la mujer entre conmovida e indignada. Todavía shockeada, se ofrece a cuidar de los chicos que intentaron robarle: “Yo los adopto”.

Evangelina habla y la familia la rodea. Unos perros corretean alrededor. Ladran, se pelean. En el patio hay un par de bicicletas, una moto rota y un Peugeot 504. Un portón al fondo, el lugar por el que se supone treparon los niños para acceder por el techo. “Cuando mi marido y mi yerno les hablan tiran la bicicleta e intentan saltar, pero no pueden. ¡Si eran miniaturas! Alguien los levantó y los largo para acá. Ellos no pueden. Para mí hay una persona mayor involucrada. No tiene la capacidad de asaltar una casa. ¿Cómo van a hacer?”, conjetura.

Ella se acercó a hablarles. Les preguntó qué hacían dentro de la casa y uno puso el dedo en el gatillo de la réplica del arma para asustarla. La mujer advirtió que era de juguete y se la sacó. Les preguntó sus nombres, dónde estaba su mamá. No le respondieron. “¿Dónde vivís?”, les consultó. “En otro país”, alcanzó a responderle uno.

Otro empezó a llorar. “Yo después también lloraba. Cómo puede ser que dos chicos tan chiquitos estén robando, con el frío que hacía”, lamenta Evangelina. Uno de los pequeños le cuestionaba que hubiera llamado a la Policía. “Yo quería la bici”, le explicó con enojo. “¿Y por qué no me la pediste? Venís, tocás el portón y te la puedo regalar”, le contestó Evangelina.

La Policía demoró dos horas en llegar. Ella los hizo sentar en el sol y después les ofreció mate cocido. Pensó que tenían hambre. Evangelina sabe lo que es eso. Tuvo que cirujear para vivir. Se compró una maquina para amasar rosquitas y torta asada. Tuvo un accidente cerebrovascular. Pero volvió a levantarse. “Reuní a la familia y les dije: ‘vamos a amasar y vamos a salir’”. La bicicleta que intentaron robarle la necesita para el reparto.

A pesar de todas las privaciones ella descartó delinquir. “No me gustan los que roban y los que se drogan. Nunca le enseñé eso a mis hijos”, dice. Será por eso que está molesta con su hijo de 25 años, detenido en Coronda por robo. Lo visitó en enero y le dijo que era la primera y la última vez que lo vería. Dice que fue la “mala junta”.

La Policía se entrevistó con la madre de los chicos de 7 y 8 años. Ella les dijo que desconocía lo sucedido porque hace una semana no iba a la casa. La Secretaría de Niñez, Adolescencia y Familia de Santa Fe intervino en el caso y los pequeños volvieron con la familia, aunque esta tarde algunas personas colaboraban para acercarle algunas cosas a los chicos y hacerse cargo de su situación, todo con el consentimiento de la madre.

Entre algunos vecinos había también indignación por la inseguridad creciente. Se repetían las historias que involucraban a los mismos pequeños con otros intentos de asalto e incluso se viralizaron sus fotografías. En las cadenas de Whatsapp se definía a los chicos como los “mini chorros de Parque Güemes”.

Soto está angustiada. Tiene bronca. Dice que le va a costar dormir. Cree que hablar puede “traer cola”, pero dice que se “cansó de tener miedo”. La indigna la inseguridad, pero también el desamparo de los chicos, la voracidad de algún mayor que aprovecha su vulnerabilidad.

“¿Cómo puede ser? Que me los den. Yo los adopto. Les dije a ellos si después de que pase todo esto quieren venir a tomar la leche. ‘Vení, pedime’, les dije. Se pueden rescatar los chicos. Tenés que tener paciencia y amor para darles. Como los vi, son chicos que necesitan mucha atención. A mí me duele el alma”, explica Evangelina.

Sus hijos de a ratos la dejan sola. Hay que repartir algunas rosquitas. La mujer les prometió que, si siguen trabajando, van a salir. Y en eso andan.