Ya pasaron seis años de aquel 13 de Marzo, cuando una fumata blanca anunciaba el sucesor de Benedicto XVI. La revelación de que el elegido era Jorge Bergoglio paralizó al mundo pero más a la narcisista Argentina.

En ese entonces, la “grieta” marcaba el agobio de un sector luego de varios años de gobierno kirchnerista, hastío alimentado por el periodismo opositor. Y desde el lado oficialista también se hacía lo propio para ocultar los errores propios y también dar combate a la guerra verbal.

En ese contexto la Argentina se enteraba de que uno de los suyos sería el representante máximo de la iglesia católica.

Siendo nuestro país un permanente caldo de cultivo de polémicas, el Papa evitó todos estos años la visita.

En el Vaticano, su ocupación fundamental de las últimas semanas son reflexiones sobre los abusos de sacerdotes contra menores de edad. Si bien para algunos es un tratamiento tibio de un flagelo tan grande, Francisco es el primer Papa que ha hablado abiertamente del tema.